🐢 El costo invisible de decidir lento
Jan 26, 2026
Nadie en la sala dice “somos lentos”.
Dicen “estamos siendo cuidadosos”, “necesitamos más información”, “alineemos a todos”.
Y mientras tanto, la empresa sigue sangrando resultados y tirando dinero. Silenciosamente. Sin factura. Sin alarma.
La lentitud en la toma de decisiones es el único costo que contabilidad no sabe medir, pero operaciones sufre todos los días. No aparece en el P&L, pero se manifiesta en proyectos eternos, oportunidades que llegan tarde y equipos que trabajan con el freno de mano puesto. No porque no sepan qué hacer, sino porque nadie quiere cargar con el peso de decidir.
He visto organizaciones con presupuestos sólidos, talento competente y tecnología de sobra… paralizadas. No por falta de capacidad, sino por exceso de consenso. Cada decisión pasa por más comités que un tratado internacional. Cada paso requiere una bendición adicional. El resultado no es mayor calidad de decisión. Es dilución de responsabilidad.
La lentitud casi nunca es un problema de información. Es un problema político. Decidir rápido expone. Decidir lento protege. El costo lo paga la empresa y los clientes finales, pero el beneficio lo cobra el ego de quien evita equivocarse en público.
En TI esto se vuelve letal. Porque la tecnología no espera a que la organización se sienta cómoda. Los ciclos de negocio se acortan, los clientes cambian hábitos y los competidores no piden permiso. Cuando una decisión técnica tarda meses, deja de ser técnica. Se convierte en una apuesta estratégica mal jugada.
Se invierte en herramientas para “agilizar”, se contrata talento “senior”, se habla de transformación… y se mantiene intacto el modelo de decisión que premia la cautela excesiva y castiga la claridad. Es como comprar un auto deportivo y manejarlo siempre en primera, no vaya a ser "que se nos gasten las llantas y luego que hacemos..."
El verdadero costo no es el proyecto retrasado. Es el ritmo organizacional que se normaliza. La empresa aprende que pensar rápido es peligroso y que sobrevivir implica no mojarse. Ahí es donde la ventaja competitiva muere sin hacer ruido.
La pregunta no es si tu empresa decide bien.
La pregunta es cuánto dinero está perdiendo cada semana por decidir tarde… y quién se beneficia realmente de que eso siga así.
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